“El Francesito”: “Pichon- Riviére es un personaje que transmite su saber en imágenes”

Entrevistamos a Miguel Kohan, director del documental sobre el psicoanalista que se estrena el 28 de julio en el BAMA Cine Arte.

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En una ciudad como Buenos Aires donde abundan los psicólogos pero también los cineastas, las películas sobre psicoanálisis, o terapias, sin embargo, se cuentan con los dedos de una mano. Pero todo regla tiene su excepción y allí apareció la mirada de Miguel Cohan que de una manera poco convencional aborda la figura del mítico psicoanalista Pichón- Riviére en un documental que se puede ver a partir de hoy en el BAMA titulado: “El Francesito. Un documental (im)posible sobre Pichon- Riviére”.

Pichón- Riviere al que apodaban «El Francesito» -aunque en realidad era suizo-, llegó a la Argentina de la mano de sus padres. Pasó su infancia en la selva que linda con la Provincia de Santa Fe y el Chaco donde pudo entrar en contacto con la cultura guaraní. En su época fue un revolucionario que, como tal, tuvo sus seguidores y detractores. Su aporte fue fundamental en el campo de lo social y en el tratamiento para los llamados “locos”. El realizador Miguel Cohan (“Café de los Maestros”, “Salinas Grandes”), cuya primera profesión fue psicoanalista se adentra de una manera profunda en la difícil tarea de tratar de reconstruir no solo al profesional sino a la personalidad del Maestro Psicoanalista. Nadie más calificado que él para dar cuenta. Ultracine dialogó con él sobre estas cuestiones.

Ultracine: ¿Qué motivos que lo llevaron a retratar a la figura de Pichon-Riviére?
Miguel Kohan: Me formé como médico psicoanalista, hice una residencia en psicopatología, que terminé en Brasil en el Instituto Pinel de Rio de Janeiro, en donde se trabajaba abordando la locura articulado o en diálogo con los medios de comunicación. Yo ya trabajaba como freelance haciendo fotos para revistas de rock (como El Expreso Imaginario) y fue en Rio de Janeiro también donde realicé mi primer curso de cine documental, y me di cuenta inmediatamente que esa era mi verdadera vocación. Al regreso a Buenos Aires continué estudiando cine hasta que me presenté para hacer un master de cine en la Universidad de California (UCLA) de Los Angeles, EEUU). En ese momento trabajaba en el hospital de Moreno por la mañana y atendía pacientes por la tarde, y me había llegado una carta de la Universidad diciendo que había entrado en el grupo de los 15 seleccionados, que se habían postulado 1000 estudiantes de todo el mundo, y que tenia dos semanas para decidir. Y bueno: me fui a estudiar cine. El guión que había presentado para el Master era una biografía sobre Enrique Pichon Riviére y en la UCLA en ese momento el único argentino era Jorge Prelorán que daba clases de cine documental. En esa época no existían todavía escuelas de cine como ahora en Argentina.

El documental está en parte estructurado a través de distintos testimonios. Uno de los más significativos quizás sea el del hijo de Pichon-Riviére. Hay algo particular en su aparición (uno de sus relatos está acostado en un diván) y hay algo particular en torno la figura del padre.
MK: Hay distintas películas donde el hijo trata de reconstruir la figura de su padre… Por ejemplo, el hijo de Ernesto Sábato o Héctor Olivera pero en este caso no es su padre y sin embargo un poco lo parece. También me parece interesante el momento por el cual atravesaba Joaquín, el hijo de Pichon, pues estaba en un momento de interrogantes sobre su padre, a veces decía papá y a veces decía Pichon. Y eso me hizo pensar también en el lugar del padre en la vida de uno, o sea que la película transita ese borde también y también me sentía alcanzado por esa cuestión.
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Cuénteme un poco por favor sobre su recorrido en el cine. He visto su documental “Café de los Maestros”… Siempre indaga en temas específicos, como fue el caso de las Salinas también.
MK: Mi recorrido en el cine es la de un curioso que anda por la vida «fisgoneando» en el buen sentido. O como decía el maestro Michelangelo Antonioni en su etapa de hacer documentales, que los hacía porque quería transmitir «experiencias maravillosas» de los demás. Yo me identifico mucho con la idea que a través de la mirada de uno se puede transmitir aquello que nos sorprende, o seduce. Y siento que vale la pena hacerlo y contarlo más desde la imagen que desde la palabra.

En una ciudad como Buenos Aires donde se dice que hay tantos psicólogos, sin embargo no hay tantas películas sobre el tema. ¿Habrá un por qué?
MK: Es cierto, Buenos Aires es tierra abundante en psicólogos y también de cineastas. Quizás sea el hecho de que la psicoterapia en general descansa tanto en la «palabra» que sea difícil encontrarle una imagen salvo en un documental de formato clásico. Lo contrario para mí ocurre con Pichon que es un personaje que transmite su saber en imágenes. El objetivo de la película para mí siempre fue construir una imagen representativa de alguien que creía en la palabra compartida, todo un desafío que llevó muchísimo tiempo.

Es interesante la relación que pone en primer plano entre la cultura guaraní, el diálogo con la naturaleza, y el devenir de Pichón. ¿Cómo explicaría esto usted con sus palabras?
MK: Creo que la infancia en la selva, el contacto con los yacarés, los monos, los insectos, el río y con la cultura guaraní que tiene un lenguaje casi musical, instala a Pichon en un universo que el aprende de manera orgánica porque convivió allí con sus valores implícitos que eran vivir casi en poesía, en un «colectivo» que no segregaba a la locura. Esta fue la base para que Pichon – que según él podía sostener la mirada de un puma- sostenga la mirada a la locura y no le tenga miedo, como no le tenía miedo a la noche ni al agua cuando nadaba en el río.

El psicólogo social Alfredo Moffat es uno de los entrevistados.

El psicólogo social Alfredo Moffat es uno de los entrevistados.

¿Cómo fue el rodaje en la selva? Usted ¿tuvo contacto con ese espacio anterior a la película?
MK: Yo fui a Florencia, un pequeño pueblito muy cerca del Chaco, el primer lugar a donde llegó la familia de Pichon que venia de Ginebra en 1910. Luego fui a Corrientes, siguiendo un poco el «mapa» por donde había transcurrido la vida de la familia Riviere en su afán por parte del padre de cultivar tabaco y algodón, estuve cerca de los Esteros del Iberá y Goya donde vivieron varios años luego de que el padre fracasara económicamente con los cultivos. No conocía estos lugares. Por suerte, me pude dedicar a observar, a contemplar desde la cámara, y dejarme contagiar por las atmósferas, por la sorpresa que me causaba ese lugar justamente porque no lo conocía. Esa es la manera que encontré de buscar algún tipo de diálogo con el mundo de Pichón a través de la imagen…

Hay muchos testimonios en el film ¿le costó mucho editar todos esos testimonios?
MK: Llevó bastante tiempo porque había una tarea que era construir un diálogo entre los testimonios con las imágenes.

¿Hay algo con lo que hubiese gustado contar en el documental pero que no pudo conseguir?
MK: Cuando me di cuenta que era imposible abarcar todas las facetas de Pichon, un personaje vasto y ancho, me relajé y ahí comenzó a fluir la película, una película que no intenta ser biográfica sino que intenta destilar una ética de Pichon Riviére, e intentarlo al modo de lo que decía Michelangelo Antonioni cuando hacía documentales, que las películas no están solo para ser comprendidas sino también para ser experimentadas. De ahí mi interés por crear atmósferas que no solo transmitan una credibilidad sino también una coherencia acorde al protagonista.

El Francesito. Un documental (im)posible sobre Pichon Riviére” se puede ver a partir del jueves 28 de julio en el BAMA Cine Arte (Roque Sáenz Peña 1145, CABA). Y vale aclarar que no es solo para los entendidos sino para todos aquellos que simpatizan con los librepensadores y con aquellas personas que con su mirada humanizan más la humanidad.

Por Lorena Cancela para Ultracine.

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