Suite Francesa: un incómodo pasado

Por Jorge Luis Scherer

«No hay nada más parecido a un fascista que un burgués asustado»
BERTOLD BRECHT

A Irene Némirovsky no le sirvió de mucho demostrar que se había convertido al catolicismo en 1939, que el francés era como su lengua materna, ya que había sido educada por una institutriz gala, tampoco que había alcanzado la licenciatura en letras en la Sorbona, y que en los últimos 10 años había publicado 14 novelas. Su adorada Francia, la de la Liberté, Egalité y Fraternité, le había rechazado su petición de nacionalización en 1938, por su origen judío. Dos años después, ella y su marido debieron llevar la estrella amarilla en su pecho. El gobierno de Vichy, con sus leyes antisemitas, no le permitió volver a publicar ningún libro. Su esposo, Michel Epstein, fue forzado a dejar su trabajo de banquero. A mediados de 1942, los gendarmes franceses arrestan a Irene y la internan en el campo de Pithiviers, poco después la deportan a Auschwitz y allí muere de tifus. Su marido, confinado también a Auschwitz, es asesinado en la cámara de gas. En un cuaderno de notas Irene había escrito «¡Dios mío! ¿Qué me hace este país?»

Todavía no hablamos de las dos pequeñas hijas de este desgraciado matrimonio. Denise y Elisabeth Epstein. Ellas se salvaron gracias al coraje de amigos de la familia que las fueron escondiendo durante la ocupación nazi en Francia. Además de algunas ropas, las chicas siempre llevaron en cada mudanza, una valija que su madre les había pedido que no abandonaran. Ahí estaban los manuscritos inéditos de su mamá, entre ellos: la Suite Francaise.

Pasaron 60 años, y esas páginas escritas en una letra minúscula, como si el miedo hiciera apagar las voces, para que sonaran como un tenue susurro, permanecieron en la misma valija, hasta que las hermanas tuvieron el valor de reencontrarse con el pasado. «Suite Francesa» fue publicado en 2004. En la presentación de la novela Denise dijo: «Haber sobrevivido no es un regalo, siento una gran culpa. Publicar este libro, me ayuda a sacar la culpa de ser una sobreviviente». Entre los escritos póstumos de Irene Némirovsky, que fueron llegando a los públicos del mundo en distintas lenguas, había un libro de cuentos, otras novelas y una biografía de Chejov, el autor más querido de Irene, junto a Katherine Mansfield.

SUITE FRANCESA: LA OBRA INCONCLUSA

El libro de Némirovsky estaba dividido en dos partes. La primera muestra la rápida derrota de Francia ante Alemania y la huida desesperada de los parisienses por las carreteras antes que las tropas nazis entren en la «ciudad luz». El éxodo alcanza dimensiones caóticas cuando las caravanas de familias reciben fuego de metralla y bombardeos desde los aviones. La segunda parte, que es donde la película va a centrar el nudo de la historia, se refiere al pequeño pueblo de Bussy que es ocupado por las tropas alemanas y es ahí donde la autora desarrolla el proceder de distintos personajes según su clase social, la vida afectiva, y su relación con los invasores. La novela fue escrita palpando los acontecimientos día a día, pero sin entrar en la crónica. Es extraordinario el poder de observación que ha tenido la autora, que fue llevada a la muerte dos años antes que los nazis huyeran del territorio francés. De haber estado en ese final, seguramente, la Suite Francesa, hubiera tenido una tercera parte, mostrando la cobardía y la traición de muchísimos hombres y mujeres de ese pueblo que fueron colaboracionistas del invasor.

LA PELÍCULA

En el rodante final se dedica el filme a la memoria de Denise Epstein, 1929-2013, aquella hija que guardó los manuscritos durante 60 años. La historia comienza en 1940. Madame Angellier (una extraordinaria Kristin Scott Thomas) es una de las mujeres ricas en ese pequeño y pintoresco pueblo de Bussy, cercano a París. Los domingos suele salir con su nuera Lucile (Michelle Williams) a cobrar los alquileres de las casas que tiene arrendadas en la campiña. Prefiere ir siempre los días de descanso y llegar en forma sorpresiva para pescar a los deudores a la hora de la comida y ver si se gastan la plata en manjares en lugar de estar al día con los pagos. La nuera siente desprecio por esta práctica pero no tiene el carácter para enfrentar a esa suegra vigorosa. En una de esas salidas padecen uno de los primeros ataques aéreos de los nazis, cuando en una ruta se mezclan con miles de personas que vienen huyendo de París, ante la inminente llegada de los ejércitos alemanes.

A los pocos días, un teniente alemán se presenta en la casa de Madame Angellier. Su nombre es Bruno von Falk (Matthias Schoenaerts). De maneras educadas pero también decididas requiere que le preparen una habitación que ocupará mientras dure su destino en el pueblo. Que los oficiales alemanes residieran en casas de familia, fue una práctica habitual en Francia. Vale recordar esa gran película de Jean-Pierre Melville, «El silencio del mar» (1949), que tiene muchos puntos de contacto con «Suite Francesa».

Al principio el teniente Bruno recibe el desprecio de Madame Angellier al ignorar su presencia. Sin embargo, la joven Lucile, cuyo esposo ha partido a la guerra hace varios meses, va descubriendo en el militar a un hombre sensible. Lo escucha por las noches componer música al piano y siempre su trato es gentil. Poco tiene que ver con otros militares que tratan de abusarse de otras mujeres del pueblo, aunque también están aquellas que se entregan fácilmente: «Nuestros hombres no son mejores que ellos», le responde a Lucile, una mujer que tiene a un soldado alemán de amante.

La película, que fue dirigida y escrita por Saúl Dibb, en el guión también trabajó Matt Charman, adaptando la novela de Némirovsky, muestra con total claridad los dos temas de la historia: la relación de la joven Lucile con el teniente Bruno, quien compone al piano la «Suite Francesa» y que dejará inconclusa, y el contexto perverso de la guerra, que invade a esas dos vidas. El sensible Bruno tendrá que encabezar un pelotón de fusilamiento, mientras que Lucile y su suegra deben ocultar a perseguidos franceses. Un mosaico de personajes, donde hay aristócratas, burgueses y obreros, mostrará las flaquezas y virtudes del ser humano ante situaciones límites.

EL SILENCIO DEL MAR

En 1942, mientras Irene Némirovsky era llevada a un campo de concentración, el escritor Jean Bruller publicaba en forma clandestina una novela, bajo el seudónimo de Vercors. La tirada fue de solo 300 ejemplares, pero se fue pasando de mano en mano y en pocos meses la intelectualidad de París conocía su historia. «El silencio del mar» se escribió, como «Suite Francesa», al pie de los acontecimientos y resulta notable algunas coincidencias entre ambas obras. En 1949, Jean-Pierre Melville la estrena en cines. Es su opera prima y los jóvenes de la Nouvelle Vague la ven con ojos de admiración. La historia trata en los primeros tiempos de la ocupación nazi en Francia. El oficial alemán
Werner Von Ebrennac (interpretado por el actor suizo Howard Vernon, quien trabajó en más de 190 filmes, muchos de ellos haciendo de militar) elige una casa del pueblo para vivir – como el teniente Bruno de de Suite Francesa- mientras dure su permanencia como invasor. En esa casa vive un hombre mayor (Jean-Marie Robain) y su joven sobrina (Nicole Stéphane). El oficial es un hombre educado y respetuoso, cuenta que en su vida civil es un compositor, habla sobre arte, música, filosofía, pero son soliloquios. El viejo y la joven no le contestan, no lo miran, como si no existiera. «El silencio se prolongaba, era cada vez más espeso, como la niebla de la mañana, espeso e inmóvil». Así pasan seis meses, el oficial mira a la joven con ternura y amor. Y la joven siente que está inmovilizada por el silencio. Un día, el oficial que respeta la dignidad del anciano y el silencio de esa mujer sensible, dice que descree de su Alemania, que su país no es salvador sino destructor y que ha pedido su traslado al frente ruso. En la última noche, la joven rompe el silencio y responde al adiós del soldado que se marcha a un futuro incierto.

LA VERDAD INCÓMODA

«Mi corazón es francés pero mi culo es internacional».
Declaración de la artista Arletty en el juicio por colaboracionista del nazismo.Apenas unos 40 años habían pasado desde que Francia se había partido en dos por el caso del capitán Alfred Dreyfus. En «Yo Acuso» de Emile Zola, se desnudaba el antisemitismo de una gran parte de la sociedad francesa. Pero apenas iniciada la guerra, miles de franceses entre soldados y civiles, murieron luchando cuando el poderoso ejército alemán invadió el territorio galo. Sin embargo, la entrada en París, la «ciudad luz», a mediados de junio de 1940, fue como un paseo para la poderosa Wehrmacht. El Mariscal Philippe Pétain, el héroe defensor de la fortaleza de Verdún en 1916, decía, en un discurso transmitido por radio: «La lucha debe cesar». Antes de terminar ese fatídico junio, Hitler orquestaba la rendición de Francia en el vagón del tren del mariscal Foch. El mariscal Pétain, por entonces de 84 años, recibía plenos poderes de la Asamblea Nacional y formaba gobierno en el balneario de Vicky. Claro que hubo una resistencia, y hubo grandeza en hombres y mujeres que ofrendaron sus vidas. Pero una vez terminada la guerra, la misma Francia tejió un mito alrededor de la resistencia que estuvo muy lejos de la verdad, porque el colaboracionismo y la autoconservación fueron más fuertes que la resistencia. En la Francia de Vichy, la del gobierno de Philippe Pétain, más de 100 mil judíos fueron enviados desde Francia a los campos de exterminio, y unos 3 mil murieron en los campos de internamiento franceses. Los nazis organizaban milicias paramilitares de franceses, que llegaron a superar los 30 mil hombres. La policía política de Pétain tenía como lema: «Prometo luchar contra la democracia, la insurrección de los seguidores de De Gaulle y la lepra judía». Y la mayoría de los parisinos, se habían convertido en colaboracionistas pasivos. Jean Cocteau, un emblema de las letras francesas, el autor de la inmortal «La voz humana», celebraba una exposición de Arno Brecker, el escultor favorito de Hitler, y decía sin tapujos: «A ningún precio debe uno permitirse ser distraído de cosas serias por la dramática frivolidad de la guerra». El gran Maurice Chevallier, la artista de la moda Coco Chanel, el dramaturgo y cineasta Sacha Guitry, el cantante Charles Trenet, los pintores Derain y Vlaminck, y la bella actriz Arletty, concurrían a las reuniones sociales organizadas por la oficialidad nazi en París. Los restaurantes estaban siempre repletos de uniformes alemanes y hermosas mujeres francesas. Chanel y Arletty se acostaban con oficiales nazis y Colette escribía para periódicos colaboracionistas y recibía buena paga.

Los historiadores aseguran que durante los cuatro años de la ocupación nazi (1940-1944), fue una época de florecimiento de sus instituciones culturales aunque para publicar y exhibir obras era necesario tener el permiso de las autoridades nazis. Pocas horas después de la caída de París, los cines reabrieron sus puertas pero tuvieron prohibido exhibir películas británicas, norteamericanas y las realizadas por directores judíos o las que tuvieran actores judíos en sus papeles principales.

Albert Camus y Louis Aragón fueron los intelectuales opositores más destacados durante la ocupación. Camus ejercía la resistencia desde el periódico Combat que se publicaba en forma clandestina y el primer número había tirado 10 mil ejemplares. Para 1944 ya se había convertido en diario, y cuando se acercaba la liberación la tirada era de 250 mil ejemplares. Vale señalar, que el diario de de la derecha, París Soir, que había titulado en 1940: «Los judíos expulsados por fin de todos los empleos públicos del país», tiraba 2,5 millones de ejemplares por día. Pero Camus, desde las páginas de Combat, criticaba a los estamentos de la sociedad como ser las autoridades religiosas, que habían actuado como colaboracionistas y callado ante el mal. «No es el odio el que hablará mañana, sino la propia justicia, basada en la memoria», decía en un artículo. El afán de justicia de Camus nunca lo hizo claudicar sobre su pensamiento en contra de la pena de muerte, incluso firmó la petición de conmutar la pena de muerte del escritor pro-nazi y antisemita Robert Brasillach, que De Gaulle hizo fusilar poco después.

Coco Chanell huyó a Suiza. Los escritores colaboracionistas: Louis Ferdinand Céline, autor de la inmortal novela «Viaje al fin de la noche», fue encarcelado en Dinamarca, y al regresar a Francia la sociedad lo condenó al ostracismo. Y el gran seguidor de Nietzsche, Pierre Drieu La Rochelle, se suicidó apenas los aliados pisaron Francia. Mientras que la inolvidable Josephine Baker, la que Pablo Picasso pintó arrodillado, recibe la Legión de Honor por sus servicios a la resistencia durante la ocupación nazi. El mariscal Philippe Pétain, fue enjuiciado en 1945 y condenado a muerte por alta traición, pero por su edad avanzada la pena fue conmutada por la de prisión perpetua. Hubo condenas menores para muchos intelectuales: al realizador Henri-Georges Clouzot (El salario del miedo, Las Diabólicas), se le prohibió filmar en Francia por varios años, por haber dirigido «El Cuervo» en 1943, para la compañía Continental, que era administrada por los alemanes.

Se llamó «collaboration horizontale» cuando las francesas se acostaban con soldados alemanes. Hay unas fotos excelentes de Robert Capa, tomadas en Chartres en agosto de 1944. Allí reunieron a todas las identificadas como amantes de los nazis de esa ciudad y les afeitaron la cabeza. Esta práctica de humillación se hizo común en toda Francia: rasurarlas, como alguna vez la inquisición hizo con Juana de Arco y hacerlas caminar por las calles ante el abucheo y escupitajos del pueblo.

Durante esos tiempos y los que siguieron, el sol fue cerrando heridas. París, donde nunca se habían apagado las marquesinas y las canciones salían por las rendijas de las puertas, siguió tan iluminada como en los años 20 cuando Hemingway narró: «París, era una fiesta».

Hay dos películas fundamentales que tratan el colaboracionismo francés: el documental de Marcel Ophuls, «La tristeza y la piedad» («Le chagrin et la pipe») 1969, una crónica de una ciudad de provincia entre 1940 y 1944, y «Lacombe Lucien» (1974) de Louis Malle, basado en un hecho verídico sobre un joven francés de 18 años que se pone al servicio de los nazis.

Está demostrado, que se necesita mucho valor para enfrentarse a la historia. En Alemania, recién en los años 60, el pueblo conoció la verdad oculta del asesinato industrial en los campos de exterminio por el nazismo. En el filme alemán, «Laberintos de mentiras» (La conspiración del silencio), estrenado este año, un fiscal le pregunta a jóvenes de veinte y pico si conocen qué fue Auschwitz- corría 1958- y no tienen la menor idea. En otro pasaje, colegas del fiscal lo enfrentan y le dicen: ¿Acaso estás queriendo que todos los niños y jóvenes alemanes empiecen a preguntarse si sus padres son unos asesinos? En la realidad, el jurista Fritz Bauer, fue el que impulsó los procesos de Frankfurt, donde los alemanes juzgaron a alemanes, donde jueces y acusados eran alemanes. A casi 20 años de terminada la guerra, recién se supo que en Auschwitz habían asesinado a un millón de personas, los aliados en Nuremberg habían juzgado a las cabezas responsables. Pero en Frankfurt los procesos eran contra los ejecutores directos, los de bajo rango, los que clasificaban quienes iban a la muerte, o los que operaban la cámara de gas. Dicen que Fritz Bauer nunca fue condecorado, que en Alemania ninguna placa o calle lo recuerda. El pasado suele ser muy incómodo.

Artículo realizado por Jorge Luis Scherer para Ultracine.

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