“Pinamar”: teñir el drama de vida

La segunda película de Federico Godfrid se presenta en 20 salas porteñas y del Gran Buenos Aires.

Pablo (Juan Grandinetti) y Miguel (Agustín Pardella) llegan a la ciudad costera fuera de temporada para vender un departamento de la familia y arrojar las cenizas de su madre en el mar. Mientras tratan de escaparle a las emociones tras la pérdida, los hermanos muestran cómo funciona el código de complicidades y enfrentamientos familiares en los que, atravesados por el dolor, aparecen el amor y las responsabilidades de la vida adulta que empieza a exigirles presencia y decisiones. Lejos de hundirse en la desolación que atraviesa la película -un duelo, la venta del departamento familiar, una ciudad costera vacía, el empujón obligado a la adultez- “Pinamar” exalta la vida a partir de las escenas cotidianas en las que irrumpen situaciones infantiles dentro de las complejidades de dos hermanos que empiezan a ser adultos; dentro de ese vínculo fraternal que los une a pesar de sus grandes diferencias y de lo poco que se entienden entre sí.

La película tuvo su estreno mundial en septiembre del año pasado en el Festival de San Sebastián; trampolín que la llevó a Biarritz para comenzar un recorrido que la hizo acreedora del premio Mejor Montaje en el Festival de Mar del Plata y Mejor Actor para Juan Grandinetti en el Festival de Punta del Este. Ultracine entrevistó a su director, Federico Godfrid, quien presenta su primer trabajo en solitario después de “La Tigra, Chaco”, codirigida con Juan Sasiaín en 2009.

Ultracine: ¿Cómo surgió la historia?
Federico Godfrid: Igual que en mi película anterior, la idea surge de trabajar sobre el espacio, ése es el gran disparador. Empecé por una casa que tengo en Córdoba, se escribieron unas 60 páginas de guión, pero no funcionaba. Así que fui a Pinamar, a un departamento de mi familia en el medio del centro donde pasé gran parte de mi infancia. Me gusta ir fuera de temporada, ver lo que pasa en esos espacios de cemento deshabitados, de persianas bajas. Entonces pensé qué podría suceder acá en temporada baja. Me da risa, porque los críticos hablan del tópico del espacios costeros en el cine argentino… y si el espacio de mi familia hubiera estado en La Pampa, la peli sería de ahí. Mi metodología es partir desde cosas concretas, no imaginarme una casa y después ver cuál consigo, sino tener una casa. Que el gran centro de la película no naciera desde un concepto sino desde algo concreto.
Así que fuimos con la guionista, Lucía Möller, a recorrer el espacio y pensar qué podíamos trabajar desde ahí. Surgió la idea de la hermandad que, al principio, sería femenina, pero luego decidimos trabajar las emociones desde lo masculino. Ella trajo a colación una situación de duelo que atravesó con su hermano, y pensamos que esa situación en la que de repente, a los apenas veintitantos, te encontrás solito y tenés que resolver, podía ser un buen comienzo. Ahí empezamos a ficcionalizar la historia de estos dos hermanos. Ese fue el primer disparador. El segundo tiene que ver con la intención de que sea una película fresca y divertida, yo por ahora no puedo con el melodrama, con tiempos contemplativos en los que no pasa nada; no quería hacer eso. Duelo, cenizas, Pinamar fuera de temporada, todos los elementos tiran al bajón, entonces el desafío era cómo exaltar la vida de distintas formas en esos momentos. Ahí se empezó a tejer la historia, con la subtrama de la historia de amor, con la complejidad de la trama principal de los conflictos y los vínculos entre estos dos hermanos.

U: ¿Te identificás con algo de la historia, con algún personaje?
FG: Un poco con todos. Con la molestia de Miguel, por ejemplo, 100%, soy muy intenso a veces. Con esa búsqueda medio ideal del amor también me siento identificado, esos amores de película. Y después esa cuestión del vínculo entre hermanos, lo que se dicen, lo que pasa entre ellos. Pero no creo que yo sea o Pablo o Miguel o Laura.

U: ¿Cómo elegiste a los actores?
FG: Casting, mucho casting. Lo hice yo, es lo que más me gusta, es lo que enseño, soy profesor universitario de Dirección de Actores. Así que con Ezequiel Tronconi, que es el actor de “La Tigra…” y que no daba para ninguno de los personajes de Pinamar, lo encaramos. Él hacía de todos los personajes y con cada actor hacíamos casting de a dos, para ver la interacción. ¡Más de 200 pibes, a la cuarta semana ya no quería saber más nada! Ahí apareció Juan Grandinetti, y me encantó la mirada. Hay algo que decía Billy Wilder de Marilyn Monroe, que ella era lo peor que te podía pasar en un rodaje. Estaba en cualquiera, siempre con problemas, y él filmaba la película pensando que era todo malísimo, pero en el montaje se daba cuenta de que la cámara la amaba, que conectaban, transmitían. Para mí eso era algo que tenían que tener los personajes de Pablo y Laura: que la cámara los quiera más allá de lo que ellos hagan. Miguel sí tiene que actuar más en ese sentido, pero ellos tenían que tener esa conexión con la cámara.

U: También, el personaje de Miguel es mucho más histriónico…
FG: Totalmente. Pero para el de Pablo eso no podía ser igual. Era muy difícil encontrar un actor que se bancara escuchar y no proponer nada. Y Juan lo tenía, es un pibe hermoso pero no un “carilindo”; hay cosas que uno puede proyectar a partir de su mirada.

U: ¿Y el rodaje, fue como el de Billy Wilder con Marilyn?
FG: ¡No! Para nada, por suerte Juan no es Marilyn… ¡y espero que no lo sea nunca! Lo nuestro fue absolutamente comunitario. 15 días antes de empezar a rodar fuimos con los tres actores y el primero de dirección al departamento. Hacíamos cosas de la película pero principalmente construíamos el vínculo. Cuando llegó el resto del equipo nos mudamos a una especie de condominio todos juntos y ahí estuvimos el tiempo que duró el rodaje, cuatro semanas. En realidad, fueron 18 días de rodaje, entre fines de semana y feriados que nos tocaron, pero no había presupuesto para ni un día más.

U: ¿Y cómo fue la financiación, fue por vías del INCAA?
FG: Sí, preclasificamos, el proyecto salió con todo el comité a favor. Después de eso se pidió un crédito y con eso empezó la rueda.

U: ¿Cómo fue el recorrido por festivales?
FG: Una vez que la peli estuvo terminada, estuvimos un año y tres meses montándola. Presentamos en el camino varios “work in progress”, pero el gran arranque fue cuando la pidieron para San Sebastián, eso reconfiguró un poco todo. Ese fue el gran arranque. A partir de ahí hicimos Biarritz, después Mar del Plata, el festival de Punta del Este, y después Pantalla Pinamar, que era la idea llegar al público de Pinamar antes del estreno. Y creo que todavía quedan unos cuántos festivales para la segunda mitad del año. Lo que me llamaba la atención es que en todos los lugares donde estuvo la película antes del estreno fueron “Pinamares”; porque son todas ciudades costeras. Esta es la primera vez que la película va a estar en lugares donde no hay mar al lado. Es muy interesante porque la gente de Biarritz nos decía “es igual que acá”, algo de eso de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”, se repetía la idea de la vida en lugares fuera de temporada.

U: ¿Cómo viviste esta segunda película en relación con la primera?
FG: ¡Duro! La primera película sale sin que te des cuenta, la segunda… hay que generarla. A “La Tigra…” le fue muy bien, cuando era una película minúscula, y ganó unos cuantos premios y generó cierta expectativa. Por eso fue muy difícil; me llevó 8 años encontrar la película que quería hacer. Hoy estoy muy contento con la película. Ayer hablábamos con los actores sobre qué escena cambiaríamos y yo tengo sólo una que creo que pudiera ser mejor, con las otras estoy muy conforme, siento que me representa.

U: ¿Cuáles son tus próximos proyectos?
FG: Estamos esbozando lo nuevo, pero todavía no tengo mucha idea. Tengo ganas de seguir trabajando con jóvenes, un poquito más trash, con un poco más de sexualidad, con cosas que le pasan a los jóvenes hoy.

U: ¿qué fue lo más difícil al hacer la película?
FG: Una cosa difícil es que tenemos que militar nuestro material, si no, ¿cómo llegamos? Las condiciones son tan complejas, no pasa por un subsidio más a la distribución de películas, por la mirada de hoy, por el mercado. Es difícil sostener nuestra mirada, es luchar contra molinos. Me parece muy importante militar las películas, no sólo por las películas, sino también por defender una mirada sobre las cosas, que es difícil y que el cine debería poder lograr algo de lo que tiene el teatro: que no te corren los tiempos. Si no es pochoclo, si no puede sostenerse a seis vueltas por día, ¿entonces la película no tiene razón de ser? Hoy es así el panorama, no existe ese espacio alternativo para que la gente vaya formando su mirada.

                                                                                                 Lucrecia Estrada para Ultracine

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