Zama: Lucrecia Martel y las víctimas de la espera

Por Jorge Luis Scherer

Le tocó nacer en  Mendoza, un dos de noviembre,”el día de los muertos”, asunto este, que según sus propias declaraciones, le creó profundas dudas sobre su existencia. Y aunque no debería ser así, pero sucede, muy pocos conocen su nombre en su patria, como si Antonio Di Benedetto hubiera pasado de largo, sin pena ni gloria. Sin embargo, dejó mucha pena en ese pasar: secuestrado por los militares a horas de iniciado el golpe del 24 de marzo de 1976, soportó la tortura durante un año y medio, y su mayor dolor es que nunca supo las razones, “de haberlo sabido mi sufrimiento hubiera sido menor”. Y la gloria, debe ser como dijo alguna vez Juan José Saer: “La cultura argentina tiene una deuda inmensa con Di Benedetto”. La cineasta Lucrecia Martel, está despertando a ese gigante de las letras, y lo hace al adaptar su obra maestra, “Zama”, una novela sobre el dolor de la espera, que con el mismo título estrenará en pocos días.

No es novedad que Lucrecia Martel siempre supo bien lo que quería y para ello cualquier cosa es posible, como pasarse semanas enteras metida en el barro y con el agua hasta las rodillas, rodando en locaciones de Formosa y Corrientes. Claro, Don Diego de Zama, está dentro de una atmósfera que oprime, que somete, una naturaleza voluptuosa que pone la vida en suspenso. Así como Zama, en una selva que podría ser la paraguaya sobre fines del siglo XVIII , Horacio Quiroga, en la selva misionera se asombraba ante la omnipotencia de las fuerzas extrañas de la naturaleza. Y Lucrecia Martel conoce el paño. En su primer largometraje, “La Ciénaga”(2001), hace – en la primera secuencia del filme-un trabajo excepcional  en el uso del sonido táctil, pocas veces visto en el cine argentino. Porque los personajes en traje de baño, sentados alrededor de una pileta con agua podrida, no hablan, están  destruidos  por la combinación de la atmósfera densa, plomiza, y las copas de alcohol. Desde el monte llega un tronar, tal vez la tormenta cambie los humores, pero nada es seguro. Las copas se llenan y vuelven vacías a la mesa. Como las manos temblequean, las copas se golpean y los ruidos parecen de cristales, y arrastran las sillas con ruidos que crispan los nervios, buscando espacios soportables, y cada tanto, el tronar que viene del monte vuelve una y otra vez. Sin embargo, Martel consigue un silencio profundo, de esos que distraen los sonidos, de esos silencios que seguramente en este nuevo filme rodearán a Don Diego de Zama, lejos de la familia, de su amada Marta, mientras aguarda por años una carta del virrey que nunca llega, autorizando su traslado a una ciudad de la colonia, tal vez Buenos Aires. Zama, está herido por la soledad y la incomunicación. Nueve años, de 1790 a 1799, Zama , el pacificador de los indios, el que hace justicia sin manchar de sangre la espada, padece, sufre cada día,  trata de reprimir su sexo, piensa en los sueños que se malograron y no puede controlar la nostalgia, que se convierte en su sombra. Cómo puede vivir este hombre que se desborda entre la realidad y la fantasía, un hombre que se rebela así mismo.

El tema de la terrible y dolorosa espera, me lleva a recordar a ese viejo coronel que durante quince años baja cada viernes a la oficina de correos para encontrarse con una carta, que no llega nunca, la que confirmaría el cobro de su pensión como veterano en la guerra civil. Gabriel García Márquez, publicó esta hermosa novela corta,“El coronel no tiene quien le escriba”,en 1961, pero dos década atrás, el italiano Dino Buzzati, había tratado el tema de la espera en “El desierto de los Tártaros”, que cuenta la historia de un teniente destinado a una frontera frente al desierto, pero que será una frontera muerta, porque nunca tendrá la gloria de una batalla, y la soledad y el hastío van destruyendo  al hombre que alguna vez tuvo esperanzas.

 

 

Martel

Como en los viejos cuentos, su abuela le contaba historias, y la imaginación volaba. Apreció y retuvo en su cabecita los énfasis, las pausas, y vio situaciones durante los silencios prolongados. En la escuela participó en las representaciones de teatro griego, pero cuando su papá le regaló una cámara filmadora, sintió que el mundo se hacía grande y que lo podía observar desde el ojo de una cámara. Y empezó filmando a sus siete hermanos, ya tenía una troupe de actores, solamente tenía que armar las historias, de las que nunca renunció, todas sus películas en la vida profesional cuentan con su guión.

Estudió cine en la ENERC, y Lita Stantic, de amplia trayectoria en la producción, DECIDE APOYAR  al  “nuevo cine argentino”. Pablo Trapero la tiene a su lado para “Mundo Grua”(1999), Adrián Caetano para “Bolivia”(2001), y ese mismo año Lita Stantic produce “La Ciénaga”, el primer largometraje de una jovencita que había realizado en 1998 el corto “Rey Muerto” con el que ganó el concurso de guiones en “Historias Breves” a cargo del INCAA. “La Ciénaga”, es premiada en el Festival Sundance y obtiene el Gran Prix , película y directora en el Festival de Cine de La Habana.  Su segundo largo “La niña santa”(2004), estuvo nominado para la Palma de Oro en Cannes, y “La mujer sin cabeza” (2007), fue seleccionada en el Festival de Cannes.

“Zama”, es una producción de Rei Cine y Bananeira filmes, coproducida por El Deseo de los hermanos Pedro y Agustín Almodovar. Por otro lado, Selva Almada realizó un Diario de Rodaje del filme, que también en forma de bitácora será publicado por Random House.

 

Di Benedetto.

El escritor sudafricano J.M. Coetzee, premio Nobel de Literatura, tan asiduo visitante a nuestras tierras, publicó en The New York Reviews of Books, un ensayo titulado: “Un gran escritor que debemos conocer”, el autor en cuestión era Di Benedetto, mientras que el desarrollo principal se hacía sobre Zama. Y seguramente fue el conocimiento de la película de Lucrecia Martel, lo que motivó  que en enero de este año un periodista escribiera en el prestigioso The New Yorker, que la novela Zama,  es una “obra maestra”, y comparó a Di Benedetto con Dostoiewski.

Alguna vez confesó que la escribió en treinta días de vacaciones, pero que había sido largamente pensada. Se publicó en 1956, y varios escritores, como Julio Cortazar la elogiaron. En 1959 Noé Jitrik, la incorpora en un estudio sobre novelistas de la nueva generación, y en la década siguiente se traduce al alemán y vende 50 mil ejemplares en ese idioma, figuras como Gunther Grass y Henrich Boll, se convierten en voces difusoras de la novela. Algunos teóricos le otorgan a Di Benedetto  la paternidad del “objetivismo” literario, claro que Alain Robbe-Grillet, no se iba a quedar callado, y en un encuentro casual que tienen en el Festival de Cine de Berlín, dirimen fuerzas. El francés se iba a quedar con una paternidad  que a Di Benedetto no le quitaría el sueño.

Cuando fue secuestrado en Mendoza, ejercía como subdirector del diario ”Los Andes”.  Nunca supo porqué se lo llevaron, no tenía militancia, y si alguna vez participo en un partido fue un paso muy breve en el Partido Socialista de Alfredo Palacios. Sufrió cuatro simulacros de fusilamiento, y varios traslados de campos de concentración. El 23 de mayo de 1977 se publicó en el diario La Prensa una “Carta a Videla” pidiendo su libertad, la firmaban Ernesto Sábato, Victoria Ocampo y Manucho Mujica Lainez , entre otros. Cuatro meses después lo liberaron y comenzó el camino del exilio: Estados Unidos, Francia y España, donde fue periodista y dio conferencias. Regresó al país a finales de  1984, al año siguiente, el periodista Jorge Halperín le hace una entrevista profunda para el diario Clarín, titulada : “Lentamente estoy volviendo del exilio”. En ese mano a mano, Di Benedetto confiesa que durante su cautiverio había perdido la fe, “es que vi una crueldad y una maldad infinitas, y perdí la fe en mis semejantes y en mí mismo”. El regreso del exilio le hizo la vida difícil, un modesto trabajo en la Casa de la Provincia de Mendoza  le permitía apenas sobrevivir. “Y no sé qué  hacer, porque no tengo otras habilidades que no sea la cultura”. Murió el 10 de octubre de 1986, a causa de un derrame cerebral, había descubierto la literatura los 13 años al leer un cuento de Poe en la revista Leoplán.

 

 

 Artículo de Jorge Luis Scherer-periodista,profesor de literatura y cine- para Ultracine.

 

       

 

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