“Visages, Villages”: Una vez más el humanismo de Agnes Varda

Por Jorge Luis Scherer


Le gusta mostrar sus manos en cámara, y también fuera de ellas, invita a sus nietos para que vean en esas manos, de casi 90 años,  los ríos que surcan las palmas  y manchas en la piel como nubes que parecen montañas, y provoca entonces a descubrir  paisajes. Agnes Varda, la jovial Agnes, todos los días sale a cosechar caras, lugares, objetos, voces, gestos, y aquellas cosas que parecen insignificantes y las va  transformando  en recuerdos, que luego serán imágenes para las gentes. Desde hace unos veinte años se ha dedicado exclusivamente a realizar documentales, porque dice: “son la escuela de la modestia, estás al servicio de las gentes que filmas”.  Cuando en noviembre  pasado le entregaron un Oscar honorífico, quedó más que sorprendida: “Yo no le hice ganar dinero a la industria. No soy tan conocida”. Pero fue convencida,  y  viajó a Los Angeles para buscar la estatuilla a la trayectoria, y hasta  bailó en el escenario con Angelina Jolie. Lo que no podía imaginarse, es que poco tiempo después su última película, “Visages Villages” (2017), cuya traducción al castellano podría ser: “caras y lugares”,  sería nominada como mejor documental para los premios Oscar. La otra buena noticia, es que este filme, de profunda sensibilidad, que realizó  junto al artista gráfico urbano francés, de 33 años, conocido como JR., está a punto de estrenarse en la Argentina. Y si Agnes a veces es sorprendida por los muchos reconocimientos en festivales, los espectadores son siempre sorprendidos  por su cine fresco, genuino, noble, y “Visages Villages”, es todo eso.

Agnes, que es conocida como la  abuela de la “Nouvelle Vague”, 56 años atrás conquistó a los públicos con la maravillosa “Cleo de 5 a 7”, una historia sobre el amor, la vida y la muerte, donde Cleo es interpretada por Corinne Marchand, que canta y cautiva con el tema “Sans Toi”, acompañada por Michel Legrand, compositor de la música y también actor en el filme. Luego vendrán :“La Felicidad” (1965), “Sin techo ni ley” (1985) y “Jacquot de Nantes” (1991), donde recrea las memorias de su amor inolvidable, Jacques Demy, durante su infancia entre 1939 y 1949 y el momento más importante, cuando consigue comprar  una pequeña cámara. Estas  fueron sus principales películas argumentales, aunque nunca dejó de filmar con pasión cortos y documentales, pero a partir de 1995 sólo se dedicó a realizar esos trozos de la vida real . “El universo de Jacques Demy”, es de ese año 95, y es un tributo a su adorado esposo que perdió hace muchos años, y del que algunas de sus películas como “Los paraguas de Cherburgo” y “Las señoritas de Rochefort”,  son reconocidos en el mundo entero. Y el nombre de Demy surgirá nuevamente en “Visages, Villages,”en la puerta de la casa de  su viejo amigo Jean-Luc Godard,  que no la atendió cuando fue a visitarlo a Suiza con JR. “Le quiero pero es una rata”, dice con dolor, y se le nota.

Caras y lugares

El joven JR, parece que era un gran admirador de la decena de  documentales escritos y dirigidos por Agnés. En los comienzos de “Visages, Villages”, vemos como la vida hace que se crucen sin reconocerse en caminos bucólicos, panaderías o paradas de ómnibus, sin embargo,  JR un día golpeó la puerta de Agnes y a ella le recordó la figura de su amigo  Godard a los 33 años, cuando lo filmó jugueteando, en un puente sobre el Sena,  con la bella  Anna Karina, con casi las mismas gafas y sombrero que llevaba JR. A Godard, en ese corto (Les Flancés Du Pont Macdonald) logró hacerle sacar los anteojos,  arrojarlos  al río, y decir “malditas gafas  oscuras”,  ahora le tocaría probar suerte con JR, pero no había urgencias . La idea pergeñada con  JR era marchar a los pueblos del interior de Francia con ese fascinante camión de JR que produce fotos enormes, gigantografías. Ambos sintieron que en esta aventura espontánea encontrarían la sencillez como un acto de liberación.  Y salieron hacia la campíña, a las viejas villas, a ver rostros que homenajeaban el pasado y el presente. Fotos enormes de  chicos, madres, abuelos, un pueblo con una baguette en la boca,  rostros felices pegados  en los murallones. Luego será un viejo barrio minero abandonado, donde una mujer defenderá su casa y su pasado al que no quiere renunciar, y se reproducirán las fotos de su padre y varios mineros con sus ropas ajadas que cubrirán las paredes externas del barrio. Así continuarán los simples y emotivos homenajes, mientras se viaja entre campos de girasoles, visitan campanarios, y ella recuerda su vida de fotógrafa y reconoce  un lugar donde  fotografió a un amigo fallecido cuando era un muchachito y agigantan la foto que Agnes llevaba encima , y la colocan sobre una masa de piedra junto al mar, y la marea que no espera se llevará la imagen rápidamente de ese niño que parecía  recostado en una cuna, y Agnes pensará en lo efímero de las cosas, de la vida. Y visitarán la tumba de Henri Cartier-Bresson, en un cementerio enclavado en los Alpes que no llegaba a las diez tumbas. Y de vuelta a París, en el Louvre, JR la llevará sentada en una silla de ruedas a toda velocidad por las galerías, mientras ella a las risas irá gritando los nombres de los artistas, así, como lo hizo Godard en “Banda Aparte”(1964) con los jóvenes irreverentes a toda carrera por el santuario de imágenes, y que Bertolucci en 2003 repitiera la escena en “Los soñadores”. Sobre el final, Agnes y JR estarán de espaldas mirando un lago, y todo da a entender que él  se sacará  los lentes.

Un estilo y una estética humanista

Filma repollos y techos húmedos que se transforman en pinturas abstractas. Los documentales de Varda son tan humanos que parecen ficciones. En “Los Espigadores y la Espigadora” (2000),  documenta y crea, porque siente admiración por la sencillez de las trabajadoras del campo, por su apego a la tierra, y no se queda solamente con el naturalismo de la dureza, como fueron pintadas las espigadoras de Millet y Jules Breton, el campo de Varda tiene los brillos y las noches de los ojos de su gente. Pero en los campos ya casi no quedan campesinas que escarben la tierra para conseguir los granos que quedaron después de las cosechas, las máquinas ahora son muy eficientes y se llevan todo. Los espigadores y las espigadoras de la actualidad  están en las ciudades, son  los que recogen   desperdicios de los mercados para subsistir, y los miles que buscan objetos desechados por otros, como si eso fuera una bendición.  “Los espigadores y la espigadora”, es un retrato sobre el egoísmo, la indiferencia y el consumismo  en las sociedades modernas, las sociedades de la abundancia, para pocos.

En “Las playas de Agnes” (2008), colocará decenas de  espejos de distintos tamaños en una playa, y luego en la arena va a posar fotos de chicos con sus mayas y cuerpos alegres junto al mar. Son los recuerdos de Agnes, como los que hizo voz e imagen en el documental sobre la calle Daguerre, con sus vecinos, en “Daguerrotipos” (1975).  “Visages, Villages”, esta obra sensible, tiene esa grandeza de saber mirar a los ojos de las gentes por casi 90 años.

 

 

                                                                                                  Artículo de Jorge Luis Scherer-periodista,profesor de literatura y cine- para Ultracine.

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