Paterson: la sencillez poética de Jarmusch

Paterson

Por Jorge Luis Scherer.

Ver esta película es como contemplar crecer una planta. El tono es bajo, reposado, casi susurrante. El protagonista, Paterson, en cada mañana que sale a trabajar siente el privilegio de observar las cosas que empiezan a moverse. Su mujer y él pueden vivir de besos y agua fresca. Paterson, conduce un ómnibus público de pasajeros, y escribe poesía. Pero parafraseando a Raúl González Tuñón: “Un poeta es como cualquier hombre, pero cualquier hombre no es un poeta”, y ese cuaderno secreto que Paterson lleva a todas partes es como un alhajero de metáforas. Paterson no proviene de las tierras del Dalai Lama, donde el silencio se presenta como una eternidad inocente. Es un joven norteamericano, que ha vivido toda su vida en la ciudad que tiene su mismo nombre, Paterson, pero por su lado no transita la obsesión occidental del ego ni la sociedad de la información y la globalización. Paterson es un caminante del universo sensorial y le gusta demorar las cosas, tiene un vínculo secreto con el tiempo. Y el realizador Jim Jarmusch, en momentos en que el hombre está corriendo una vertiginosa carrera hacia ninguna parte, estrenó el año pasado esta diferente y maravillosa película, que aún no tiene previsto su llegada a la Argentina. Ojalá que en ese camino no se interpongan los mediocres cálculos de la taquilla.

Paterson en Paterson

Paterson

Paterson ve gemelos en todas partes, y no es casualidad, él también tiene su gemelo en el nombre de esta ciudad del estado de Nueva Jersey, que un siglo atrás fue conocida como la “ciudad de la seda”, y que ahora cobija unas 33 mil familias. Y seguramente también se siente gemelo de su admirado poeta William Carlos William, vinculado al modernismo, quien supo caminar como él por esas calles de Paterson y los domingos se dirigía al parque a escuchar las conversaciones de las gentes. Claro, William es el hacedor de la mayor historia espiritual del lugar, de los olores, de los sonidos de las grandes cataratas del río Passaic de la ciudad de Paterson, y todo lo visto, oído y tocado lo convirtió en un poema épico que con el título de “Paterson” fue dando luz en las décadas del 40 y 50 en cinco volúmenes. Y Paterson, el heredero de William, siempre está atento a lo que se dice en el ómnibus mientras trabaja, y en Paterson los jóvenes rememoran las hazañas de Rubin Carter, conocido como Hurricane, el boxeador de peso medio al que Bob Dylan le dedicó una canción. También se escucha de otro nacido en Paterson, Lou Costello, quién formó junto a Bud Abbott una entrañable pareja cómica, y que tiene su estatua y un parque con su nombre.

La casa de los Paterson es cómoda y pequeña. Su esposa Laura es extrovertida, diseña cosas, cualquier cosa, siempre en blanco y negro y le encanta cocinar pequeñas tortas. Sueña con ser una cantante country y comienza comprando una guitarra, sin duda, alegra las soledades de su hombre y lo incentiva con sus poemas. El otro miembro de la familia, es un perro bulldog, quien aprueba y desaprueba lo que sucede con simples gestos y gruñidos.

No vaya a pensarse que en esta historia, las cosas podrían cambiar demasiado, y mucho menos en forma drástica. Todo comienza un lunes y termina un domingo. Aquí la lentitud y la memoria son socios inseparables. Que el despertador suene todas las mañanas a la misma hora, que los besos de despedida de los amantes sean un calco cada día, que las salidas nocturnas de Paterson a un bar cercano a tomar una cerveza mientras saca a pasear al perro, se repitan y se repitan, algo nos va a indicar que en ese ritmo sosegado hay una extraordinaria belleza. Las pequeñas curiosidades de cada día van disuadiendo la monotonía, y nada es casual.

Jim Jarmusch, que con su opera prima “Extraños en el Paraíso” se alzó con el premio de la Cámara de Oro en Cannes 1984, y el Gran Premio del Jurado, en la competencia 2005 de ese mismo festival con “Flores Rotas”, realizó esta obra excelente que parece el desarrollo de una certera frase de Heráclito: “Los ojos y las orejas de los hombres solo son falsos testigos, si el alma de los hombres no sabe escuchar su lenguaje”. El joven actor Adam Driver, fue el elegido por Jarmusch para hacer sensible en un rostro, una mirada, las percepciones del mundo que lo rodea. La bella y gran actriz iraní Golshifteh Farahani, (“Sobre Elly” (2009) de Asghar Farhadi, “La piedra de la paciencia”-2012), tiene el rol de darle brillo a su hombre amado en esta conmovedora monotonía.

Jarmusch hace sentir la poesía sin extensos recitados de los escritos del ignoto Paterson o de su admirado el consagrado William Carlos William, solamente es suficiente algún toque, una frase,como un haiku. Evidentemente no es el caso de “Esplendor en la hierba”, de Elía Kazán, donde una dolida Natalie Wood, con el corazón en las manos, declama ante sus compañeras de curso el bello poema “Oda a la inmortalidad” del romántico inglés William Wordsworth. Tampoco tiene que ver con “La sociedad de los poetas muertos” de Peter Weir, donde las palabras de Walt Whitman y Thoreau, crean el clima y sugieren desde un paisaje hasta sentimientos democráticos y libertarios. Lo de Jarmusch es acechar con la paz, con el encanto de la sonrisa y el gesto. Milán Kundera nos dice en “La inmortalidad”: “Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo”, y Jarmusch lo hizo cine.

Artículo de Jorge Luis Scherer-periodista,profesor de literatura y cine- para Ultracine.

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