Emily Dickinson: “Una Serena pasión”

Emily Dickinson

Por Jorge Luis Scherer.

Emily Dickinson

Esas cosas del destino, hicieron que fuera un inglés quien escriba y dirija la primera película sobre la poetisa norteamericana Emily Dickinson. “Una serena pasión” (“A quiet passion”, 2016). Uno de esos filmes que en forma silenciosa enriquecen la cartelera – tiene estreno previsto dentro de los próximas días – nos lleva a alentar a las distribuidoras independientes para que no bajen sus brazos y continúen trayendo filmes de estas características.

El muy interesante realizador Terence Davis, nacido en 1945 en Liverpool, también cuna de los integrantes de The Beatles por aquellos años, no ha filmado mucho, y en algunos de sus películas se nota su devoción por la literatura y el teatro. En 2000 dirigió “La casa de la alegría”, basado en la novela de Edith Wharton y once años después estrenaría “The deep blue sea”, adaptación de la obra escénica de Terence Rattigan. Y ahora es el tiempo de su trabajo más complejo, un drama de cámara sobre esta mujer de singular personalidad, de gran sensibilidad, pero de una poesía potente y diferente, una poesía que transgredía los cánones establecidos en la segunda mitad del siglo XIX. En vida, Emily no fue reconocida como poeta, exceptuando su familia y amigos, sus poemas no alcanzaban a otros públicos simplemente porque Emily no quería publicar si la condición era modificar palabras o estilo, tan solo para estar de acuerdo a las convenciones de la época. Y cuando su cuñada se atrevió, sin su consentimiento, a poner en imprenta uno de sus escritos en el diario local de Amherst, el pueblo de Nueva Inglaterra, donde los Dickinson transcurrieron sus vidas, Emily lo vivió como una gran traición, como si a un pedazo de su alma lo hubieran hecho público. Emily Dickinson, quien en una de sus cartas escribió: “Mis mejores amistades son aquellas con quienes no he emitido palabras”, vivió sus últimos años enclaustrada en su hogar donde el único acontecimiento que rondaba su vida era la muerte de sus seres amados, y escribir a toda hora poesía y cartas. Casi 1.800 poemas y cientos de cartas rescatadas a su muerte, fueron con el tiempo dándole un lugar preeminente en la poesía norteamericana, ubicándola junto a su contemporáneo Walth Whitman y Edgar Alan Poe, de una generación anterior.

Este biopic del director Terence Davis, se desarrolla, casi en su totalidad, en escenas de interiores. Por supuesto, la luz va a jugar un papel preponderante para que los amplios ventanales de la casa, en lugar de mostrar los exteriores, realcen el mundo interior de los Dickinson, una de las familias más poderosas y tradicionales del pueblo de Amherts. Esas entradas de luces, las mujeres de vestidos largos con los cabellos recogidos y las puertas blancas que se abren y se cierran, asemejan las pinturas del danés Vilhelm Hammershoi, quien influenció muchísimo en el tratamiento de la imagen en el cine de Carl Theodor Dreyer.

Si bien la idea no es anticipar la historia de la película, hay una escena que merece ser adelantada por ser con su tamaña sencillez el núcleo temático, porque en el hogar de los Dickinson la familia era un universo, y para la madre, como para Emily y su hermana Lavenia, el hogar marcaba los límites de ese universo. La escena transcurre en el salón de la mansión, es de noche, hay varias lámparas encendidas y en el hogar las llamas consumen unos troncos gruesos. Emily, aún es adolescente y su hermana, tres años menor, parece de la misma edad. Esa noche, Emily, deja un instante la lectura y va observando a su familia, el silencio marca el ritmo pausado mientras la cámara recorre, haciendo un giro de 360 grados, a cada miembro de la familia. El padre leyendo, la madre haciendo un bordado, su hermano mayor, Austin, también inmerso en la lectura, su querida hermana mirando el fuego, y ese retrato simple de la vida cotidiana Emily lo llora en silencio, porque sabe que algún día no lo va a ver más. Muchos años después, escribiría en una carta: “Debemos ser menos que la muerte, para ser reducidos por ella”.

“Una serena pasión”, si bien es una película de época, no tiene una producción costosa, todo lo contrario, el despliegue del vestuario es para pocos personajes, la escenografía de interiores no va más allá de ser justa, y los trabajos de maquillaje son verdaderamente estupendos, para reflejar el paso del tiempo en la familia, pero no más que eso. Si bien el director es británico, para los papeles principales la elección recayó en actrices y actores norteamericanos, que hicieron un trabajo extraordinario, especialmente Cynthia Nixon, en el papel de Emily adulta. Jennifer Ehle, compuso a Lavinia, su querida hermana, Joanna Bacon como la madre, el de Austin a cargo de Dustin Duff, y para el rol de Edward Dickinson, el jefe de la familia, Keith Carradine, quien nunca ganó un Oscar como actor, pero sí lo obtuvo por componer la mejor canción para Nashville (1975) de Robert Altman.

Emily en teatro y TV

El dramaturgo norteamericano William Luce estrenó en 1976 una obra sobre Emily Dickinson que le iba a dar muchas satisfacciones y prestigio internacional. Se trataba de un monólogo de Emily donde el humor era la veta conductora. Se estrenó como “La bella de Amherst” y la protagonista era la consagrada actriz de cine y teatro Julie Harris. La obra fue un éxito rotundo en Broadway y Londres y la Harris recibió un premio Tony por esta actuación. Ese mismo año, con la dirección de Charles Dubin, se realizó una TV movie, filmando una de las representaciones teatrales. La sobresaliente actuación de Harris, movediza por el escenario, luciendo ropas blancas y un decorado austero (una cama de hierro, un piano y de fondo un árbol pelado), motivó que en otros países se crearan nuevas representaciones. Para la televisión inglesa la protagonizó Claire Bloom, y en la Argentina, en la década del 80, China Zorrilla la representó en teatro, con la dirección de Alejandra Boero, un éxito que alcanzó las 1.000 funciones, incluyendo una gira por Sudamérica que finalizó en el norte de América con representaciones en el Centro John F. Kennedy en Washington, en Nueva York y en Amherst, la cuna de Emily. Los poemas recitados por China Zorrilla fueron los traducidos por Silvina Ocampo. En 2007, Norma Aleandro repuso la obra en Buenos Aires.

 

Amherst y The Homestead

Hoy la ciudad de Amherst no llega a los 40 mil habitantes, pero recibe mucho turismo de los que quieren conocer la casa donde nació y murió Emily Dickinson. Fue construida hace algo más de dos siglos por su abuelo, quien quiso que fuera la primera de ladrillos en la región. La mansión, ahora museo Dickinson, fue bautizada en 1813 como The Homestead, y cuarenta años después, Edward Dikinson, el padre de Emily, hizo construir a a pocos metros de su magnífica casa una nueva mansión, The Evergreene, destinada a su hijo Austin, recién casado con Susan Huntington Gilbert. Ambas casas, rodeadas de abetos y árboles de hojas caducas, jardines y una granja a poca distancia, recibieron la admiración de prestigiosos visitantes, como lo fue el afamado filósofo y escritor Thomas Ralph Emerson. Hoy, en Amherst, cada vez cobra más fuerza un movimiento que quiere cambiar el nombre del pueblo por el de “Emily”, no solo por incorporar el nombre de la gran poetisa nacional y orgullo del lugar, sino porque nuevos documentos señalan que el barón inglés Jeffrey Amherst, héroe de las guerras contra los franceses y los indios, tenía por practica repartir a los indios mantas infectadas con viruela.

“En puntas de pie había vivido y en puntas de pies escribió”. Eduardo Galeano.

Esa vida silenciosa, tan bien descripta por Galeano en pocas palabras, no incentivó a cineastas y tampoco generó muchos trabajos biográficos como sí sucedió con otros autores. Pero resulta importante destacar que la escritora argentina Paola Kaufmann, también doctora en neurociencias, fallecida hace poco más de diez años cuando tenía apenas 37, escribió una biografía novelada titulada “La Hermana”, que fue premio Casa de las Américas en 2003, donde Lavinia, la hermana de Emily, se convierte en la relatora de la vida de su familia. El trabajo de Kaufmann, que se basa en documentos verídicos, como el diario de Lavinia, las centenares de cartas enviadas por Emily, y testimonios diversos, va más allá, en el tiempo, de la muerte de Emily en mayo de 1886, a causa de una nefritis cuando tenía 55 años, porque Kaufmann, pacientemente desmenuza las internas familiares a partir de encontrarse en la habitación de la difunta como un legado extraordinario, 40 volúmenes encuadernados a mano con más de 800 poemas, nunca vistos por nadie.

La voz de Emily

En una de sus cartas, escribe: “No hay constancia de ninguna rosa que haya fallado a su abeja”. Y siente que cuando la magnolia se abre con toda su blancura, el resto del árbol se apaga. Uno de los puntos importantes que pasa por alto la película de Terence Davis, es la devoción que Emily tenía por la naturaleza toda. Los animales, desde sus amados caballos, hasta colibríes y abejas, y el mundo de las plantas, árboles y flores, temas que competían en su prosa y poesía con la inmortalidad y la muerte. El amor también fue un tema central, y hay pasión, aunque jamás se mencionó un nombre. Nunca se casó ni se habló de algún amorío. Tal vez, su gran amigo Benjamín Newton, diez años mayor que ella, fue una ilusión, pero el hombre un día partió de Amherst, se casó con otra mujer y al poco tiempo murió de tuberculosis. La pasión en sus poemas, sin nombres propios, pudieron referirse al pastor presbiteriano residente en Filadelfia Charles Wasdworth, un hombre casado y con hijos, mayor de 40 años, pero de una personalidad tan desbordante como cautivadora. Los biógrafos aseguran que el único cuadro que Emily tenía en su habitación era un daguerrotipo de este pastor en su juventud. Si bien se vieron muy pocas veces, y el último encuentro sucedió después de veinte años en casa de los Dickinson, se escribían permanentemente. Cuando dos años después de esa visita se produce la muerte del reverendo, Emily queda devastada. Algunos estudiosos dicen que este fue el motivo que llevo a Emily a vestir de blanco, y no salir de su casa durante los últimos años de su vida. La muerte de su padre, el hombre que le compraba libros, pero que le aconsejaba que no los leyera, ya había debilitado su cuerpo y sensibilizado su alma. Luego le toca partir a su madre, a quien ella y su hermana cuidaron en los años de invalidez. Para Emily los días transcurrían en paseos solitarios con su perro Carlo, o sentarse en la hierba y contemplar los lirios del prado cuando el viento los agita, o escribir sobre el reflejo de luces doradas en la piel de las peras y manzanas de su huerto. Y los libros, los benditos libros, y las novelas de las hermanas Bronté, Jane Eyre y Cumbres Borrascosas, que ahora convivían en la biblioteca de la casa junto a los tomos de Shakespeare, Byron y Coleridge. Y ahí está Emily en la cocina, haciendo pastelitos pequeños con formas de pájaros y mariposas. Cocina para sus sobrinos, Ned, Mattie y el chiquitito de Gib, todos hijos de su hermano Austin. Con apenas 7 años la fiebre tifoidea mata a su adorable Gib, y Emily cae enferma, le dicen que tiene la enfermedad de Bright, que la dolencia tiene un paso lento pero que es incurable. La casa es grande, solamente su hermana está a su lado, van a estar juntas por 53 años. Lavinia, también está sola, alguna vez se enamoró, pero el hombre partió en busca de fortuna y se casó en otras tierras. Las hermanas recuerdan cuando eran jovencitas y viajaron con sus padres a Nueva York para escuchar la voz celestial de Jenny Lind, ellas querían ser como Jenny, pero vivían en un pueblo puritano, que no se permitía leer los periódicos un domingo y tener un teatro.

Cuando Emily tenía unos diez años, su hermano Austin con uno más que ella, y Lavinia de siete, fueron pintados juntos los tres por un aficiona. Ese registro nada fehaciente, y un daguerrotipo tomado a Emily en la escuela cuando tenía 17 años, son las únicas imágenes que se tienen de la poetisa. Emily nunca más quiso ser fotografiada. Su hermana, decía que Emily tenía poco que ver con esa única fotografía, que su hermana era una mujer hermosa, pero de una manera difícil de describir, que su cabello era rojizo y ondulado, muy diferente a como aparece en el daguerrotipo.

Emily supo cuando su vida se iba acabando, y deseo que su cuerpo fuera consumido por las llamas en una hoguera a orillas del mar, como el romántico Shelley. Pero el mar estaba lejano. La vistieron de blanco, y la acostaron en un féretro blanco, y a los tres días de su muerte, fue enterrada en el cementerio junto a sus padres. La misma enfermedad que acabó con Mozart, le había dejado huellas de dolor en el rostro. El coronel Thomas W. Higginson, su último confidente y consejero literario, recitó junto a la tumba un poema de Emily Bronté que anunciaba la inmortalidad. A fines de 1890, a cuatro años de la muerte de Emily, el coronel Higginson, que alguna vez confesó su incapacidad para comprender su poesía, sintió que esos escritos en trozos de papeles, al dorso de un sobre o al margen de una hoja de periódico, respiraban, tenían vida, y publicó el primer volumen En poco tiempo saldría a la venta el segundo y el tercer volumen, y también aparecían sus cartas que eran como poesías en prosa. Su hermana Lavinia, conocida en el hogar como “Vinnie”, cuidó celosamente de las publicaciones que se iban sucediendo, murió un año antes de iniciarse el nuevo siglo, el XX. Solamente Martha, su sobrina, la hija de Austin, quedó como única representante de la familia Dickinson, y en 1914 publicó una serie de poemas de Emily que nunca habían salido a la luz.

En esa extraordinaria secuencia de “Historia de una pasión, donde la familia está reunida una noche, como casi todas las noches, en un silencio casi religioso, disfrutando de un momento cotidiano, de apariencia simple pero que en el alma de Emily es tan trascendente que marca la huella de la finitud de los seres amados, y la de los tiempos, daría lugar a una de sus frases: “La vida es una muerte que prolongamos”.

Artículo de Jorge Luis Scherer-periodista,profesor de literatura y cine- para Ultracine.

 

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